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“Ojo con ellas…” de Jorge Eduardo Cinto

Andan por ahí, con su atrevido miedo, portando sus cuarenta y tantos, lindas, leídas, viajadas, sensibles.
Ojo con ellas.
Vienen de cerrar una puerta con decisión, pero sin olvido. Amaron, construyeron, parieron, cumplieron.
Amaron a su hombre, dieron alas a sus crías y ahora, desentumecieron las suyas: ¡ahí estaban!: intactas, brillantes,soberbias, majestuosas, listas para el vuelo: no ya las de un hornero, sí las de una gaviota, soberana y curiosa.
Saben de la vida y de tu hambre porque con su cuerpo han sabido saciarlas.
Expertas en estupidez y sus matices: se reconocieron inmersas en ella hasta el estupor y soportaron mucha hasta el dolor; sabrán distinguirla, no lo dudes.
Versadas en economía, la aplican en el gesto, en el andar y en su exacta sensualidad.
Ojo con sus caderas sabias: ya se estiraron y contrajeron, se estremecieron y agitaron.
Saben del amor, en todos sus colores, desde el rojo resplandor al mustio gris.
Sus piernas fuertes arrastran raíces todavía.
Prontas a sentir, van con una vieja canción en los labios, profunda intensidad en la mirada y delicada seguridad en la sonrisa.
Pero, si esta advertencia es tardía, y descubres que ya no puedes dejar de pensar en ella, entonces, ten cuidado de ahora en más, no te equivoques, no lo arruines: no les envíes un mensaje de texto, mejor invítale un café con tiempo; no recurras al e mail, preferirán sin duda un poema en servilleta. No les hagas promesas, no les vendas imagen, mejor exhibe tu autenticidad mas despojada. No caigas, por rellenar, en aturdido ruido vacuo, deja que respire un silencio en común.
Vienen de quemar las naves y cambiar comodidad indolente por riesgo vital.
Avanzan por un camino incierto, pero elegido.
En su cartera, fotos, un perfume y algunas lágrimas.
En su mirada, una decisión…
Ojo con ellas…tal vez, si tienes suerte, hay una en tu camino.

Jorge Eduardo Cinto. Publicado en Escritores de Tucuman Siglo XXI. Lucio Piérola Ediciones.

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Martirologio, de Colette

Publicado en Le Matin, 5 de marzo de 1914

Recogido en Colette: Cuentos de las mil y una mañanas, Plaza & Janes, 1973

“Quiero consignar aquí algunos rasgos del heroísmo femenino. Heroísmo al que sólo falta ser meritorio, y que os autorizo a llamar, también, resistencia, sadismo, humildad: todas ellas palabras muy corteses, por no escribir otra en la que estoy pensando. Confío en que, bajo una seca forma de fichas, os parecerán más conmovedores estos rasgos de elegante fanatismo.

Madame A… -Treinta años, hermosa y sana. Ha ido desde el puente de la Concordia haste el Louvre, a pie, ataviada con un vestido de terciopelo sobre el que se había echado un abrigo de pieles, forrado de pana de seda. Desde que el sujeto se pone en movimiento, el terciopelo de la falda entra en obstinado roce con la pana del forro del abrigo… A los cuarenta minutos, llegada del sujeto a la altura del pabellón de Rohan. Agotamiento; rodillas y tobillos doloridos; jadeos espasmódicos; abrigo y falda pegados fuertemente, enrollados en espiral y subidos hacia la región lumbar; ojos desorbitados, fenómenos nerviosos inquietantes.

Madame B…-Edad: treinta y siete años. Algo débil, pero nerviosa y más resistente de lo que parece a primera vista. Ha soportado, desde las doce y media hasta las ocho menos cuarto, un sombrero tipo anteojera, que oculta completamente el ojo y el perfil derechos. Sin más accidentes que un giro característico de la cabeza y manifestaciones de ceguera a medias (choque violento con un mueble, encuentro con un caballo de coche de punto, derribo de una bandeja llena de pasteles, etc.) A eso de las 7,35 el sujeto da muestras de fatiga: bostezos repetidos; cefalalgia; vértigos; náuseas. La desaparición de estos síntomas coincide con el abandono del sombrero-anteojera.

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“Conozco calles y casas donde se han construido grandes fábricas que roban la luz de las cocinas donde la mujer pasa casi toda su vida. Durante todo el día las máquinas producen un ruido infernal. Al saber que la mayoría de quienes allí trabajan son mujeres y muchachas, uno imagina que sus cuerpos giran al compás de esas máquinas. La madre se pregunta con qué cuenta para vivir. Si está por llegar otro bebé, espera que nazca muerto. Comienza a ingerir drogas. Casi no necesito decirles qué clase de sufrimiento y dolores atraviesa si el bebé vive. O la impresión que sufre la madre si le dicen que algo malo ha pasado con el bebé. Siente que será acusada si ha actuado a espaldas de marido, a quien teme. Todo esto se vuelve en contra de la mujer, física y psíquicamente. ¿Podéis imaginar a las mujeres recurriendo a la bebida? Si el niño vive y crece, termina histérico, su aspecto se vuelve desagradable y adquiere carácter atrabiliario… A la vista de semejante espectáculo, una espina se nos clava en el corazón porque sabemos cuál es la causa, y nos consta que no tiene remedio…”

Women’s Cooperative Guild, en Maternity: Letters from working-women (1915)

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“Ninguna mujer libre, capaz de controlar del todo sus maternidades, “elegiría” el aborto. En la actualidad, es probable que la mujer pueda, por muchas razones, desmoralizarse hasta el punto de recurrir al aborto como una forma de violencia contra sí misma, como penitencia y expiación. Pero esto debe considerarse en función de los sentimientos culpables y autocompasivos en medio de los cuales crecen tantas mujeres. En una sociedad en la cual las mujeres accedieran a las relaciones sexuales por su voluntad, donde la verdadera contracepción fuera una prioridad genuinamente social, no existiría el “problema del aborto”. Y en semejante sociedad se produciría una notable disminución del desprecio de la mujer por sí misma, fuente psíquica de muchos embarazos no deseados.

El aborto es violencia: una violencia profunda y desesperada que la mujer practica, ante todo, contra sí misma. Continuará siendo la acusación contra otra violencia peor, de la que es una secuela: la violación.”

Adrienne Rich, en Nacemos de mujer (1976)

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[Sylvia] Beach fue la “comadrona” de la carrera de [James] Joyce, se dedicó por entero a la publicación y promoción de su obra y a procurar fondos suficientes para el sustento del autor y su familia, de cuatro miembros. Además de la carga emocional y económica, ese empeño, que duró doce años, la llevó a la amenaza de encarcelamiento y al borde de la bancarrota. Así pues, aunque Sylvia vivió de una forma extraordinariamente arriesgada y no convencional, lo que hizo en la vida refleja una vez más un comportamiento femenino tradicional, el de incansable ama de llaves del genio masculino, sin retribución económica, el de hija de ministro modesta y humilde, el de víctima, en última instancia, sometida a la ambición masculina.”

Andrea Weiss, en París era mujer (1995).

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“…Existe un mito persa de la creación del mundo anterior al narrado en la Biblia. En aquel mito la mujer crea el mundo, y lo hace por medio del acto natural que le es propio y que no puede ser practicado por los hombres. Da a luz gran número de hijos. Éstos, asombrados por este acto que ellos no pueden repetir, se asustan. “¿Quién nos asegura –piensan– que ella, capaz de darnos la vida, no puede también quitárnosla?”. De modo que, a causa del temor que inspira este misterioso don femenino y su posible contrapartida, la matan.”

Frieda Fromm-Reichmann, en On denial of women’s sexual pleasure.

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Soy una mujer, y me doy a luz. Durante el proceso físico del parto, existe un “período de transición” en el que la energía disminuye, el esfuerzo parece no concluir nunca, y nos asaltan, espiritual y físicamente, “náuseas y frío hasta los huesos”. En semejantes condiciones, por recurrir a los médicos en procurar ayuda y consuelo, miles de mujeres se han convertido en consumidoras de medicamentos atenuantes de dolor, capaces de mitigar la ansiedad y la desesperación al precio de eludir un proceso necesario. Por desgracia, sólo existen unas pocas matronas psíquicamente experimentadas y entrenadas para esta clase de partos, y los psicoobstetras, los médicos, los que nos reducen a una posición supina también en lo psíquico, siguen dominando la profesión psicoterapéutica.

Existe una diferencia entre gritar pidiendo ayuda y exigir ser “dormida”; las mujeres –durante un parto psíquico y físico– deben captar la importancia y el sentido del “estadio de transición”, a fin de aprender a exigir un cuidado y un apoyo activo, y no “el sueño crepuscular” o el adormecimiento. Mientras el parto –en sentido metafórico y literal– continúe siendo una experiencia de entrega pasiva de nuestros cuerpos y de nuestras mentes a la autoridad masculina y a su tecnología, otras clases de cambios sociales sólo podrán transformar en porciones mínimas la relación con nosotras mismas, con el poder y con el mundo exterior a nuestros cuerpos.”

Adrienne Rich, en Nacemos de mujer (1976)

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Informe de la Conferencia Internacional de Población Mundial, Bucarest, 1974

“A pesar de las declaraciones retóricas en el sentido de que las parejas y las familias (nunca las mujeres) tienen derecho a determinar el momento de traer hijos al mundo, y el número de éstos, en ningún caso ese derecho se considera más importante que las exigencias de la economía. Si paseamos nuestra mirada por la historia de los países desarrollados -tanto capitalistas como socialistas- durante los últimos cincuenta años, concluiremos que siempre las mujeres han tenido que adaptar su fertilidad a las necesidades del trabajo o ser carne de cañón; nunca es la economía la que se adapta al crecimiento o decrecimiento de la natalidad.”

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“De la semilla crece una raíz, después un brote; del brote, las hojas de la plántula; de las hojas, el pedúnculo; alrededor de éste, las ramas; arriba del todo, la flor… No podemos decir que la semilla causa el crecimiento, ni que tan siquiera el suelo lo haga. Podemos decir que las potencialidades del crecimiento residen en la semilla, en las fuerzas misteriosas de la vida, que, cuando se favorecen adecuadamente, toman determinadas formas.”

Mary Caroline Richards, Centering in Pottery, Poetry and the Person