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“Negra, lesbiana y mala madre” de Elvira Lindo, El País

El País (01/06/2014)

No es fácil ser mujer y estar a la vista de todo el mundo. Se puede estar a la vista de todo el mundo por distintas razones: por tu propia actividad profesional o por la de tu pareja. En algún endemoniado caso coinciden las dos circunstancias, entonces, la mujer en cuestión ha de estar preparada para tener la culpa. ¿La culpa de qué? De lo suyo y de lo ajeno. La mujer, en la imaginería popular, es la que maneja los hilos en la sombra. Eso permite al hombre mandar sin ser absolutamente responsable de lo que hace.

En estos días, he leído aquí y allá reportajes sobre las mujeres-de: un aleccionador reportaje en el que se explicaba con detalle cómo cazar a un hombre poderoso, poniendo como ejemplo a Elena Ochoa, la esposa del arquitecto Norman Foster; otro, en el que se redimía a Arias Cañete de sus requiebros machistas desvelando que en casa es su mujer quien manda, y hasta una crónica que daba a conocer al gran público cómo es la mujer que conquistó el corazón de la nueva estrella política, Pablo Iglesias. Las mujeres siguen dando un toque de color, alumbran los reportajes y permiten a los periódicos ofrecer ese toque de papel couché que los lectores serios sólo se conceden cuando van a la peluquería. Sigue leyendo

La memoria de los cuentos

Tengo la suerte de tener como padre a un gran narrador. Sin embargo, durante mi infancia tenía sus energías puestas en surcar otros mares así que, treinta años después, aquí me tenéis, esperando con ansia cualquier historia suya que me transporte a otros mundos, a otros tiempos. Él ignora que escuchar sus correrías una, y otra, y otra vez me genera un placer intenso. Viendo cómo está el percal, pronto no tendrá con quien hablar de política y entonces mi niña sedienta de fábulas lo acaparará todo para ella. ¡Uf!  Un buen cuento (de los de mundos mágicos, niños pícaros, dragones, princesas, ogros, brujas y hadas), bien narrado, nunca se olvida. Tampoco olvidamos al contador, porque nos dedica atención, tiempo y cariño. Cuando se hace desde el corazón, un cuento oral es el mejor regalo posible porque nos ayuda a transitar por la vida, a adaptarnos, a fluir, a conectar con nuestra magia interior. Sigue leyendo

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La violencia cotidiana

A veces me sorprendo maltratando a mis hij@s. No es un maltrato físico, no, es más bien el maltrato de los gestos, las miradas, el victimismo, el silencio, la manipulación, el sadismo… De todos los tipos de violencia que aparecen representados en La Naranja Mecánica de Stanley Kubrick, la de los padres del adolescente delincuente protagonista (que no quieren ver, que no les importa, que todo les parece bien mientras no de problemas en casa) es la más inadvertida pese a su evidente carga cínica y su total falta de empatía. Y, sin embargo, en nuestra sociedad apenas hablamos (porque la tenemos validada) de ese tipo de violencia cotidiana que ejercemos los adultos hacia los niños. Muchas veces me doy cuenta: exijo (y acabo imponiendo) a mis hij@s, que acaban de empezar a vivir, mucho más de lo que me exijo a mí misma en mi relación con los demás. “¿Es tu niño bueno?”, me preguntan al conocer a mi bebé. Niños buenos, niños malos, desde la cuna (en función, claro, de las molestias que nos ocasionan). ¿Qué forma de dañar puede ser más efectiva que la que enjuicia la propia naturaleza de un ser tan  vulnerable, poniendo en tela de juicio el amor de los adultos?. Qué terror más espeluznante; todavía resuena en mí su eco.

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Releer

Cada vez me gusta más releer. ¿No os ha pasado releer un libro años después y descubrir múltiples y nuevas significaciones, incluso nuevos personajes? Con el paso del tiempo las cosas se perciben de otro modo. Como la historia, que se escribe y se sobrescribe a la luz de nuevos hallazgos, con la distancia del desapego, ensanchando las perspectivas. Últimamente releo mi vida a la luz de la luna, he comprendido algo y hasta he descubierto a una larga y bella estirpe de abuelas que vivían detrás de mi sombra. Me gusta releer, releerlo todo. Acaso mis sentidos dejen algún de estrechar mi percepción.

“Una historia para no saber” de Elvira Lindo, El País

El País del Domingo (16/09/2007)

Si te empeñas, hasta en los actos literarios acabas encontrando un ser humano. Yo tengo a mi lado a uno, Luis, maestro jubilado al que vemos de higos a brevas, pero con el que mantenemos fuertes vínculos de amistad. La comida es de un pantagruelismo español; es decir, dura cuatro horas, en las que da tiempo a hablar de lo divino y en algún momento precioso, como éste, de lo humano. Percibo en la mirada del maestro un brillo de melancolía y le pregunto qué tal va la vida. Salen algunas penas que no vienen al caso y, como suele ocurrir, Luis habla del gran apoyo que tiene en su niña. Su niña tiene síndrome de Down. Todos vamos cumpliendo años y la vamos dejando atrás, en esa especie de infancia eterna en la que los sentimientos se expresan sin barreras emocionales. Los niños con síndrome de Down te dicen que te quieren con una rotundidad apabullante, y su capacidad de querer es la mejor parte de su síndrome. Sigue leyendo

Cita

“Un libro que quiera ofrecer un retrato verdadero e íntegro de la vida íntima de cualquier familia debería ser capaz de explicar cómo un pequeño y simple comentario, aparentemente neutral -“Vuelve a haber corriente”-, puede contener una historia de rabia, odio y violencia emocional de miles de páginas”

John Lanchester, Novela familiar

Libros de la madre

No suelo copiar extractos de libros. Esto es una excepción. El autor, el chileno Alejandro Zambra, confiesa haber leído muchas fotocopias de buena literatura, así que espero que se sienta halagado por esta licencia mía. Este bello texto que no he podido resistir compartir pertenece a su libro de crónicas y ensayos sobre literatura No leer . Lleva por título “Libros de la madre” y originalmente apareció publicado en forma de artículo de opinión en mayo de 2009, no sé exactamente dónde, disculpas. A ver qué os dice.

“He leído varias veces Mi madre, in memoriam, el libro de Richard Ford, y siempre me impresiona la simpleza, la claridad del gesto: sin perderse demasiado en conjeturas, el escritor ordena en el tiempo los recuerdos, confiando en la memoria y también, de alguna manera, en el olvido, pues es mucho lo que no recuerda o nunca supo sobre la vida de su madre. Sigue leyendo