Nuevo relato de Toni Morrison

Para quienes leéis en inglés, otro regalo de Toni Morrison para reflexionar sobre la maternidad, la raza, los fantasmas femeninos. El texto completo lo tenéis en The New Yorker. La próxima novela de Morrison, God help the Child, aparecerá en abril.

“It’s not my fault. So you can’t blame me. I didn’t do it and have no idea how it happened. It didn’t take more than an hour after they pulled her out from between my legs for me to realize something was wrong. Really wrong. She was so black she scared me. Midnight black, Sudanese black. I’m light-skinned, with good hair, what we call high yellow, and so is Lula Ann’s father. Ain’t nobody in my family anywhere near that color. Tar is the closest I can think of, yet her hair don’t go with the skin. It’s different—straight but curly, like the hair on those naked tribes in Australia. You might think she’s a throwback, but a throwback to what? You should’ve seen my grandmother; she passed for white, married a white man, and never said another word to any one of her children. Any letter she got from my mother or my aunts she sent right back, unopened. Finally they got the message of no message and let her be. Almost all mulatto types and quadroons did that back in the day—if they had the right kind of hair, that is. Can you imagine how many white folks have Negro blood hiding in their veins? Guess. Twenty per cent, I heard. My own mother, Lula Mae, could have passed easy, but she chose not to. She told me the price she paid for that decision. When she and my father went to the courthouse to get married, there were two Bibles, and they had to put their hands on the one reserved for Negroes. The other one was for white people’s hands. The Bible! Can you beat it? My mother was a housekeeper for a rich white couple. They ate every meal she cooked and insisted she scrub their backs while they sat in the tub, and God knows what other intimate things they made her do, but no touching of the same Bible. Sigue leyendo

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“Sobre el sexismo en los cuentos tradicionales” de Virginia Imaz

Publicado en el blog Y que tenga de repente (24/04/213)

Amo los cuentos. Me crié en oralidad. Y pese a estar repetidamente expuesta a la “nefasta” influencia de algunos perfiles de heroínas como la Cenicienta, la Bella Durmiente del bosque, Blancanieves y tantas otras, mira tú por dónde, salí feminista. Es por ello que quiero aquí y ahora romper una lanza en favor de los tan denostados cuentos de hadas y compartir mi experiencia como escuchadora insaciable y como narradora profesional en relación al “sexismo” y otros “ismos” atribuidos a los cuentos populares. Es cierto que los cuentos tradicionales, en la medida que son una manifestación del imaginario colectivo, una producción cultural, están también impregnados de valores discriminatorios de todo tipo. ¿Cómo no van a estarlo? Si fuera de otro modo, ahí sí que me resultaría extraordinariamente sospechoso. Sigue leyendo

Cita

El viejo y la Muerte

Entre montes, por áspero camino,
Tropezando con una y otra peña,
Iba un viejo cargado con su leña,
Maldiciendo su mísero destino.

Al fin cayó, y viéndose de suerte
Que apenas levantarse ya podía,
Llamaba con colérica porfía
Una, dos y tres veces a la muerte.

Armada de guadaña, en esqueleto,
La Parca se le ofrece en aquel punto;
Pero el viejo, temiendo ser difunto,
Lleno más de terror que de respeto.

Trémulo la decía y balbuciente:
“Yo… señora… os llamé desesperado;
Pero…” -“Acaba; ¿qué quieres, desdichado?”
-“Que me cargues la leña solamente”.

Cuento popular. Versión documentada por Félix María Samaniego (1745 – 1801)

La memoria de los cuentos

Tengo la suerte de tener como padre a un gran narrador. Sin embargo, durante mi infancia tenía sus energías puestas en surcar otros mares así que, treinta años después, aquí me tenéis, esperando con ansia cualquier historia suya que me transporte a otros mundos, a otros tiempos. Él ignora que escuchar sus correrías una, y otra, y otra vez me genera un placer intenso. Viendo cómo está el percal, pronto no tendrá con quien hablar de política y entonces mi niña sedienta de fábulas lo acaparará todo para ella. ¡Uf!  Un buen cuento (de los de mundos mágicos, niños pícaros, dragones, princesas, ogros, brujas y hadas), bien narrado, nunca se olvida. Tampoco olvidamos al contador, porque nos dedica atención, tiempo y cariño. Cuando se hace desde el corazón, un cuento oral es el mejor regalo posible porque nos ayuda a transitar por la vida, a adaptarnos, a fluir, a conectar con nuestra magia interior. Sigue leyendo