Cita

Soy una mujer, y me doy a luz. Durante el proceso físico del parto, existe un “período de transición” en el que la energía disminuye, el esfuerzo parece no concluir nunca, y nos asaltan, espiritual y físicamente, “náuseas y frío hasta los huesos”. En semejantes condiciones, por recurrir a los médicos en procurar ayuda y consuelo, miles de mujeres se han convertido en consumidoras de medicamentos atenuantes de dolor, capaces de mitigar la ansiedad y la desesperación al precio de eludir un proceso necesario. Por desgracia, sólo existen unas pocas matronas psíquicamente experimentadas y entrenadas para esta clase de partos, y los psicoobstetras, los médicos, los que nos reducen a una posición supina también en lo psíquico, siguen dominando la profesión psicoterapéutica.

Existe una diferencia entre gritar pidiendo ayuda y exigir ser “dormida”; las mujeres –durante un parto psíquico y físico– deben captar la importancia y el sentido del “estadio de transición”, a fin de aprender a exigir un cuidado y un apoyo activo, y no “el sueño crepuscular” o el adormecimiento. Mientras el parto –en sentido metafórico y literal– continúe siendo una experiencia de entrega pasiva de nuestros cuerpos y de nuestras mentes a la autoridad masculina y a su tecnología, otras clases de cambios sociales sólo podrán transformar en porciones mínimas la relación con nosotras mismas, con el poder y con el mundo exterior a nuestros cuerpos.”

Adrienne Rich, en Nacemos de mujer (1976)

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Sobre mentiras, secretos y silencios

Testimonio de Adrienne Rich, en su libro Sobre mentiras, secretos y silencios

“En la época en la que nació mi tercer hijo, sentí que debía o bien considerarme como una mujer y poeta fracasada o tratar de encontrar alguna conclusión que me permitiera entender lo que me estaba pasando. Lo que me asustaba sobre todo era ese sentido de estar a la deriva, de ser arrastrada por una corriente que parecía ser mi destino, pero en la cual yo creía estar perdiendo el contacto con quien quiera que yo había sido, con la muchacha que había experimentado por momentos, casi extáticamente, su propia voluntad y energía, caminando por la ciudad o subiéndose a un tren por la noche o mecanografiando en un cuarto de estudiante. En un poema sobre mi abuela, escribí (de mí misma), “una joven que se piensa dormida es una muerta con certificado” (“a medias”). Estaba escribiendo muy poco, en parte, por cansancio, sentía esa fatiga femenina de rabia reprimida y de pérdida de contacto consigo misma: en parte por la discontinuidad de la vida que las mujeres llevamos atendiendo las pequeñas cosas domésticas, recados, aquellos trabajos que los otros constantemente deshacen, junto con las necesidades continuas de los pequeños. Lo que escribía no me convencía y era difícil reconocer mi furia y mi frustración, dentro o fuera de mis poemas, porque de hecho me importaba mucho mi esposo y mis hijos. En un esfuerzo por mirar atrás y comprender aquel tiempo he tratado de analizar la verdadera naturaleza del conflicto. Sigue leyendo