“Malas madres”, por Rosa Montero en El País Semanal

13 de noviembre de 2016

Hace poco estuve en un maravilloso encuentro de clubes de lectura en Pamplona. Acudieron 460 personas y participé en una fascinante mesa redonda con cuatro mujeres científicas de primera categoría, investigadoras en diversos campos: Paloma Virseda y Begoña Hernández en tecnología y color de los alimentos, Sandra Hervás y Marta Alonso en dos tratamientos oncológicos pioneros. Las cuatro tiene hijos y todas ellas hablaron de la dificultad de compaginar el hecho de ser madres con un alto nivel profesional, y de cómo sentían que de algún modo fallaban tanto en su trabajo como ante sus niños. Pero fue Sandra Hervás, doctora en Biología e investigadora de la inmunoterapia del cáncer en el CIMA de la Universidad de Navarra, quien hizo la intervención más valiente y luminosa en este tema. Contó las dificultades añadidas que afrontó cuando fue a hacer una estancia posdoctoral en el Instituto Pasteur de París y tuvo que llevar con ella a su hijo pequeño. Y, con un sentido del humor sabio y liberador, dijo cosas como: “El primer día que dejé a mi hijo en la guardería me marché llorando, pero de alegría. Y eso te produce un sentimiento de culpabilidad tremendo”.

Yo no tengo descendencia, y ya he hablado en más de una ocasión de la presión que sufres al respecto. De cómo en cualquier reunión social y en el transcurso de una conversación banal y agradable alguien puede preguntarte: “¿Tienes hijos?”, y ante tu respuesta negativa todas las conversaciones se detienen y el grupo entero se te queda mirando a la espera de que expliques por qué no. Pero ese apremio para adaptarte al papel tradicional es una filfa comparado con la auténtica coacción que me parece que sufren las madres para ser en todo momento unas madres perfectas. Para representar siempre y sin la menor sombra de duda la gloria de la maternidad.

SIN DUDA EL MITO DE LA MATERNIDAD PERFECTA ES UNO DE LOS MAYORES TABÚES QUE AÚN SIGUEN EN PIE EN LAS SOCIEDADES DEMOCRÁTICAS

La socióloga israelí Orna Donath acaba de publicar un magnífico libro titulado Madres arrepentidas (Reservoir Books) en donde expone el caso de 23 mujeres que, aun amando a sus hijos, dicen que si pudieran volver atrás no los hubieran tenido. El trabajo ha levantado ampollas y Donath ha recibido ataques virulentos, aunque tan sólo está reflejando una parte de la realidad hasta ahora sepultada por el peso marmóreo del deber ser. Por un mandato sexista que sigue hincado en lo más profundo de nuestras cabezas y que dicta que la maternidad es el papel estelar en la vida de una mujer, cuando no el único. Sin duda el mito de la maternidad perfecta es uno de los mayores tabúes que aún siguen en pie en las sociedades democráticas. Una mentira casi intocable que ahora algunas valientes empiezan a atreverse a denunciar.

Como hizo en Pamplona la intrépida Sandra Hervás. Y que conste que ni ella ni las otras tres científicas de la mesa entraban dentro de la definición de “madres arrepentidas”. Al contrario que las 23 mujeres objeto de estudio de Donath, en el hipotético caso de poder dar marcha atrás nuestras investigadoras hubieran seguido escogiendo tener descendencia. Pero lo que evidenció la charla de Pamplona y sobre todo la intervención de la doctora Hervás es la inmensa complejidad del tema y las muchas sombras de la maternidad.

Como no podía ser menos, por otra parte, a poco que lo analice uno fuera de la ceguera del prejuicio. Las relaciones humanas son muy complicadas; incluso con la pareja más querida hay instantes en los que desearías volatilizarla; toda relación profunda emocional tiene su precio, conflictos de deseos y de prioridades, cesiones de libertad que uno debe hacer. Y si esto es así hasta con los amigos, ¿cómo no va a suceder en la relación madre-hijo, tan importantísima, tan interdependiente, tan devoradora? Es evidente que ser madre no puede ser un continuo embeleso y que quizá haya momentos de desesperación en los que te gustaría que ese niño no existiera, aunque sea un desahogo momentáneo y en realidad no te arrepientas. Lo malo es que esos sentimientos tan naturales están aplastados bajo la losa del mito maternal, de modo que muchas mujeres se creen malas madres por pensar así y llegan a enfermar de culpabilidad. Se me ocurre que es la hora de empezar a sacar de la clandestinidad todas esas emociones y esos matices.

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