“Johansson y otras chicas del montón” de Elvira Lindo en El País

El País, 27/04/2014

¿Se ha fijado usted en el marcado espacio que suele haber entre los muslos de las modelos que anuncian bañadores? Es como si el pubis de esas chicas estuviera dibujado con un tiralíneas que definiera una línea recta entre las ingles. Pobres, esas modelos que vemos en la publicidad no pueden experimentar el placer que las mujeres del montón sentimos cuando en verano, yendo con vestido, la mollita interior de un muslo acaricia la mollita del otro. Es un placer barato y valioso.

Después del invierno tan jodido que hemos sufrido sueña una con darse un paseo nocturno entre madreselvas, con las piernas desnudas bajo una falda ligera, sintiendo esa caricia secreta que aumenta la sensualidad de un paseo.

¿Cómo se puede hablar de esto con la que está cayendo? Ay, qué se puede hacer si cuando llega la primavera el cuerpo tiene razones que la razón no entiende. El asunto es que yo pensaba, ingenua de mí, que ese hueco era producto de la delgadez de las modelos. Pues no: las modelos están esqueléticas, pero los editores de moda y publicidad decidieron hace tiempo que no era suficiente y fueron eliminando con esa cuchilla virtual que es el Photoshop curvas de la cadera, celulitis ligeras, culos, cinturas, pechos; adelgazaron brazos y los alargaron, alargaron piernas, pulieron el cutis hasta dejarlo sin la textura de piel de melocotón que exuda tanta sensualidad y eliminaron el delicioso vello que abriga las sienes; borraron, por resumir, cualquier indicio de humanidad que convierte a la mujer en un ser deseable.

No, las mujeres, por huesudas que estén, no suelen tener un espacio tan marcado en la cara interna del muslo. Es una alteración decidida por aquellos que moldean el cuerpo de la mujer y crean estereotipos artificiales a través de la moda. En este caso, ha sido Victoria’s Secret, la icónica marca americana, quien se ha convertido en objeto de críticas y ha animado al Gobierno a establecer normas en el uso del Photoshop. Dudo que eso sea algo que se puede legislar por decreto, deberían ser criterios de sensatez, cuando no de belleza, los que favorecieran que las mujeres no se dejen arrastrar por semejante disparate.

De cualquier forma, hay algo que no entiendo en el deseo de las publicaciones de moda o de los modistas de convertir a las mujeres en perchas andantes: al público, en general, no le gusta esa estética. Las mujeres tenemos la peculiaridad de amar el cuerpo femenino, de sentirnos atraídas por él, sean cuales sean nuestras inclinaciones sexuales, y, dejando a un lado a las adolescentes con problemas psicológicos, no nos identificamos con ese tipo de flaca fantasmal que parece flotar en la pasarela, a la que se le exagera la palidez para que dé la impresión de que por sus venas no fluye esa sangre roja que da salud y lustre a la piel. Tampoco parece ser un tipo de mujer por el que los hombres se sientan atraídos: ¿de verdad alguien cree que sus sueños eróticos están llenos de hueso y músculos?

Esta semana circularon por la Red, a nivel planetario, unas fotos de la señorita Johansson, la actriz, en un desnudo integral robado en el rodaje de la película Under the skin. Johansson había discutido con el director largo y tendido sobre la necesidad de aparecer desnuda en la película. Las actrices americanas tienen una precaución, un pudor, en mostrarse en pantalla como Dios las trajo al mundo, y además de ser frecuente la utilización de dobles para escenas sexuales, también hay mucho juego de sábanas a fin de que el espectador tenga la sensación de que ve algo cuando en realidad tiene que imaginarlo. Pero Scarlett, esa estrella que provoca tanta calentura en los espectadores, decidió en este caso que el desnudo estaba justificado. Y alguien le robó la imagen. Lo extraordinario no ha sido que su difusión se disparara o se viralizara, como ahora se dice, sino los comentarios críticos que su cuerpo provocó.

Ver a la señorita Johansson desnuda, en mi humilde opinión, es una enorme alegría para los sentidos. Sin el temible Photoshop que nos recorta lo más carnoso, podemos disfrutar de la actriz en toda su plenitud: caderas, culo respingón, cintura marcada, curvilla en el vientre y esos pechos que Umbral, en un acierto expresivo de alto vuelo, denominó “caídos hacia arriba”. Como respuesta, Twitter albergó estos días a un número importante de los resentidos del mundo. Los resentidos del mundo dijeron sentirse decepcionados por el cuerpo de la que, hasta esta foto robada, habían considerado el prototipo de la belleza sublime e inalcanzable, de la curva perfecta. Que si los pechos no eran todo lo turgentes que imaginaban, que si tenía barriga, que si era del montón. Del montón. Muchas gracias por la parte que me toca.

Esto me lleva a concluir que todas las individuas que opinaban sobre la actriz gozaban de un cuerpo similar al de ella, y que todos los hombres que rumiaban su decepción se acostaban cada noche con señoritas como Johansson. En fin. Siempre se ha comparado el runrún de las redes con las charletas de bar. Este caso es un paradigma. Me imaginaba a todos esos tipos que opinaban sobre ella con el palillo en la boca. Cuánto hubiera dado por verlos en pelotas. A ellos y a sus contrarias. Seguro que también son del montón.

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