“El amor cuando no hay un duro” de Joaquín Luna en La Vanguardia

(09/04/2014)

Hay mujeres que se lo merecen todo: tiempo, fidelidad, paciencia, comprensión y -finalmente- lo mejor del recuerdo (va por usted).

-Ya, pero no me atrevo a decirle que su plan es fantástico pero voy mal de dinero. Antes no la veo y me invento una excusa que decirle la verdad.

Mi amigo anda atribulado (nunca me invento amigos: ojalá fuera yo el protagonista). Conoció a una mujer casada, notaria, francesa, cuya foto cautiva: una mujer de apenas cuarenta años, elegante y con un halo de estabilidad sugerente. Mantuvieron una charla fugaz y ella -sorpresa- le hizo llegar uno de esos mensajes que no comprometen. Y mi amigo no es tonto.

Sin más, se citaron en una ciudad hecha a medida de un encuentro de 24 horas entre dos desconocidos. Y no fue París, que tiene ritmo de 72 horas, sino una de esas deliciosas capitales de provincia cuya belleza no abruma y donde el tiempo cunde (¡cuántas parejas no se habrán suicidado en escapadas románticas a Florencia!). Funcionó el magnetismo cinematográfico de los dos desconocidos que se atraen y se citan a sabiendas de que no hay futuro. Mi amigo estaba radiante y quiso lo mejor: el mejor hotel, el mejor restaurante, el mejor desayuno… Y se pateó mucho dinero e invitó a todo, no por chulería ni prepotencia, se lo gastó porque lo tenía ese día, porque ella se lo merecía y la situación también. ¿Acaso hay otra forma de vivir?.

Semanas después, mi amigo ha recibido otra propuesta. Y esta vez la cita es en París. La puerta grande. Tal día, tal noche, 24 horas… La notaria es madre de familia y administra sus fantasías. Sólo que, esta vez, mi amigo no dispone del dinero a la altura de París y su amante. “Seguro que gana más dinero que yo y quizás no le importaría gastarlo. Pero después de invitar a todo la primera vez yo no me atrevo a plantearle que paguemos a medias, y mucho menos que me invite a nada”, se confiesa, y ella espera respuesta.

La historia es demasiado hermosa para hablar ahora de dinero o de pensiones en el barrio de la Bastilla. O es a lo grande o no es. Yo entiendo a mi amigo: de hecho yo haría lo mismo que él. O todo o nada y que salga el sol por Antequera, provincia de Málaga.

No tengo consejo para el amigo (ni pasta que prestarle). Intuyo el tipo de mujer: ese bienestar burgués, genético y acomodado no admite determinadas realidades. Ha nacido princesa, petit bijoux, tocada por la belleza y una formación intelectual ganada a pulso. Y mi amigo sin un duro.

Quizás, si ella supiera la verdad, le llamaría tonto y le diría: “Te espero en París”. O tal vez escucharía sin mover un milímetro de su cara hermosa y no diría nada. Eso, precisamente, es lo que teme mi amigo y lo que temo yo. No es tanto por perder París como por destruir la primera cita, de modo que buscamos una excusa a la altura de la propuesta. A sabiendas de que no habrá otra oportunidad.

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