“¿Se acuerdan de aquello?” de Elvira Lindo, El País

Suplemento Domingo (04/05/2014)

Si en España los canales deportivos están que arden con ese partido entre un Madrid y otro Madrid que se presenta en el horizonte, aquí en los Estados se han dedicado estos días a exprimir, como solo los periodistas deportivos saben hacerlo, las palabras de Donald Sterling, el propietario del equipo Los Angeles Clippers. Alguien filtró la conversación que el viejarraco Sterling había mantenido con su joven novia en la cual se despachaba a gusto contra los negros. La filtración le ha defenestrado. Eso si no le obligan a vender el equipo. La discusión entre Sterling y su amante venía a propósito de una foto que esta colgó en Instagram con el jugador Magic Johnson. Este anciano podrido de dinero le advertía que no pensaba tolerar de ahí en adelante que su novia llevara negros a los partidos y menos que se hiciera fotos con ellos. Esa fue una de las perlas de una pelea lamentable en la que el empresario aderezó su racismo con una profunda misoginia.

La chica le advertía que ella era mestiza, pero, tal vez consciente del casoplón y los tres cochazos con que la había agasajado su señor novio, al final le pedía poco menos que perdón por haberse portado mal. Se trata de una de esas conversaciones privadas que hubieras preferido no escuchar nunca, pero que llega a tus oídos aunque no quieras, porque alguien la robó (quizá la propia novia). Ya no hay manera de argumentar que se trataba de racismo en privado. Eso no existe.

En Estados Unidos se ha relajado el corsé de la corrección política en cuanto a la ficción se refiere (y ahí está ese público que agradece que las películas y las series hayan vuelto a cruzar la línea de lo apropiado), pero se sigue siendo implacable cuando la falta de respeto, la humillación o el desprecio se expresan en la vida real. Y a mí me parece justo y necesario: se trata de una manera de pararle los pies a la horrible carcunda nostálgica que desearía que los negros, las mujeres, las minorías, los pobres, los presos y los ciudadanos más débiles volvieran al redil. Es algo temible porque el discurso de esta gentuza tiene cada vez más fuerza.

En España las faltas de respeto no se pagan, no pasan factura. He leído comentarios hirientes, chistes de pésimo gusto, sobre los africanos que se juegan la vida saltando la valla de las concertinas en Melilla y todo parece clasificarse dentro de nuestro proverbial humor negro. Apelar al humor es siempre el eximente al que se acoge quien no está dispuesto a admitir que es racista, misógino, machista, cruel en definitiva. ¡Era una broma! En boca de contertulios, en la letra de los plumillas, en las intervenciones de los políticos se leen y escuchan disparates que finalmente se asumen como parte del esperpento nacional, pero que pocas veces reciben un castigo ejemplar. Solo cuando los intereses son partidistas, cuando una falta de respeto se puede rentabilizar para atacar al adversario, los justos ponen el grito en el cielo.

Hace 10 años, en 2003, se produjo un escándalo en el mundo de las letras españolas que no sé si recordarán. El escritor y guionista Hernán Migoya publicó un libro de cuentos llamado Todas putas. Estos relatos hubieran pasado desapercibidos por todos aquellos ajenos al mundo del cómic (Hernán trabajó en El Víbora) o al de la ficción gamberra de no ser porque salió a la luz que la entonces directora del Instituto de la Mujer, Miriam Tey, había sido la editora que había perpetrado su publicación. Eran los tiempos de Aznar, y se establecieron truculentas conexiones: Aznar-la señora Tey-la violencia de género. Como suele ocurrir, lo acabó pagando el eslabón más débil, en este caso, el escritor.

Aquellos que jamás se atreverían a llamar asesino a Tarantino porque su arte ya está asimilado como transgresor, esos otros a los que nunca se les ocurriría pensar en Scorsese como en propagandista del maltrato a la mujer o que nunca calificarían a Matthew Weiner, el creador de Mad Men, como un nostálgico de la postergación laboral femenina, se arremangaron para darle de hostias a este escritor al que pocos lectores conocían, y le dedicaron calificativos tales que lo lógico hubiera sido que en la solapa de su siguiente libro hubiera salido su foto de perfil y de frente, al estilo de cómo se retrata a los detenidos en comisaría.

¿Qué ha sido de Hernán Migoya? Pues el señor Migoya acusó el golpe. A pesar de ser un chico duro, quién no se deprime cuando se le cierran muchas puertas. Se fue de España. Ahora vive en Perú. Y allí escribe más guiones para cómics y más novelas, aunque sabe y teme que cuando le toque promocionarlos, algunos editores de cultura torcerán el gesto y preferirán no sacarlo en sus suplementos, ya saben, por mantener viva la llama del estigma. A este punto hemos llegado. Somos un país menos libre en lo que a la ficción se refiere y cada vez más mal educado en la vida real. Baja nuestra capacidad para ver la vida con humor y sube nuestra bien acreditada inventiva para el insulto, que es un género al que de vez en cuando dedican un monográfico los suplementos culturales.

En estos días ha salido un cómic dibujado por varias mujeres valientes, ni putas ni sumisas, ilustrando aquellos cuentos. Menos mal que pervive la gente cachonda; si no, esto sería para tirarse por el viaducto.

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