Libros de la madre

No suelo copiar extractos de libros. Esto es una excepción. El autor, el chileno Alejandro Zambra, confiesa haber leído muchas fotocopias de buena literatura, así que espero que se sienta halagado por esta licencia mía. Este bello texto que no he podido resistir compartir pertenece a su libro de crónicas y ensayos sobre literatura No leer . Lleva por título “Libros de la madre” y originalmente apareció publicado en forma de artículo de opinión en mayo de 2009, no sé exactamente dónde, disculpas. A ver qué os dice.

“He leído varias veces Mi madre, in memoriam, el libro de Richard Ford, y siempre me impresiona la simpleza, la claridad del gesto: sin perderse demasiado en conjeturas, el escritor ordena en el tiempo los recuerdos, confiando en la memoria y también, de alguna manera, en el olvido, pues es mucho lo que no recuerda o nunca supo sobre la vida de su madre.

Richard Ford fue el hijo único y tardío de un matrimonio bien avenido. El padre trabajaba como vendedor, por lo que sólo estaba en casa los fines de semana, y murió cuando Ford tenía decieséis años (“y hasta ese momento nunca se me había ocurrido preguntarle nada”), de manera que la madre, Edna Akin, fue la presencia permanente en la vida del escritor. La relación es siempre fluida, aunque ni Edna ni su hijo son muy dados a expresar las emociones.

El tono de Albert Cohen en El libro de mi madre es bastante distinto: el relato biográfico da lugar a una reflexión turbulenta sobre los modos de expresar el dolor. Cohen se ve a sí mismo con la página, intentando escribir bien, procurando emocionar al lector, tal vez fascinado por la voluntad de narrar, y la culpa lo lleva a zonas inciertas, a recriminaciones, a tensiones imprevistas: de pronto el lenguaje pareciera hablar solo y las frases explotan en el papel. Es un libro hermoso, aunque prefiero el de Ford, tal vez porque -para decirlo absurdamente- me gusta más la madre de Ford que la de Cohen.

Me gusta mucho, también, Violeta se fue a los cielos, el libro que Ángel Parra publicó hace un par de años para homenajear a la mujer genial y difícil que fue su madre. Con la soltura de una larga conversación, el hijo reconstruye el mundo que conoció de la mano de Violeta Parra y también por cuenta propia, en las valiosas y temerarias primeras aventuras. De vez en cuando el autor se disculpa por los saltos y las lagunas de su relato, pues avanza de forma caprichosa, como hablando en voz alta, como descubriendo en el camino lo que quiere decir. Esas vacilaciones le dan una calidez enorme a la narración.

Conocemos, así, a la madre que seguía desde cerca la libertad que daba a sus hijos, a quienes convertía en cómplices, en testigos y protagonistas de una escena levantada a pulso. La vemos castigando las “incursiones” en su cartera, rechazando las tazas de té porque “el agua no alcanzó a hervir y al té le aparece una espuma blanca que no soporto” y saludando con alegría las mañanas soleadas: “Buenos días, día; buenos día, sol”. La vemos enfrentando los dolores, la frustación y la pobreza, buscando y rebuscando hasta dar con una música, con un mundo que estaba ahí pero nadie había visto.

Debe ser difícil escribir sobre la madre sin hacer literatura, pues a veces los recuerdos son en realidad invenciones bendecidas por el paso de los años. En Violeta se fue a los cielos, sin embargo, Ángel Parra se resiste a “novelar” la vida de su madre, que al final del libro sigue siendo la mujer compleja, apasionada, divertida y sabia que dice el mito; la mujer luchadora que de pronto, inexplicablemente, dejó de luchar; la mujer que cantó sus penas hasta que ya no pudo inventar una letra que le permitiera expresar lo que sentía.

“Nuestros padres nos unen”, dice Richard Ford, “a algo que nosotros no somos pero que ellos sí son; una distancia que nos separa, quizás un misterio, de forma que incluso cuando estamos juntos estamos solos”. Lo que hermana a estos libros es la dolorosa aceptación de esa distancia y la alegría de recuperar el tiempo en que la vida propia parecía coincidir plenamente con la vida de la madre”.

 

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